PEMAD · Introducción
Empatía, conducta prosocial y conducta antisocial
La empatía es un constructo considerado influyente en el desarrollo de la conducta prosocial (Bandura 1991; Caprara y Pastorelli, 1992; Hoffman, 1977, 1983) de carácter multidimensional (Eisemberg, 2000). El autocontrol personal está vinculado a la regulación emocional, encontrándose bajo la influencia de aspectos temperamentales tales como la capacidad de inhibición conductual, constituyéndose en uno de los mecanismos de control de la impulsividad (Eisemberg et al., 2000).
En este sentido también se pronuncia Bandura (1999) al relacionar la falta de capacidad de autocontrol en la infancia con el desarrollo de conductas desadaptadas en la adolescencia y en la etapa adulta.
Por otro lado, los procesos cognitivos distorsionados estarían en la base del desarrollo de conductas violentas en adolescentes (Roncero, 2016) de forma que la toma o adopción de perspectivas, como componente cognitivo de la empatía, se relaciona de un modo inverso con el nivel de agresividad (Richardson y Malloy, 1994).
A nivel afectivo, la estabilidad emocional parece estar vinculada de forma directa con el desarrollo de conductas empáticas (Mestre, 2002), sin olvidar la relación que parece existir entre la afectividad y la conducta moral, vinculándose la actividad empática a la propia activación emocional del sujeto, y ésta a la respuesta que dará ante la reacción emocional de los otros (Bandura, 1987).
Un alto nivel de empatía no garantiza la inhibición de conductas violentas (Bandura, 2008). Una misma persona puede ser empática, capaz de ponerse en el lugar de otros, sintiéndose afectada por sentimientos positivos en unos casos, y desplegar conductas violentas en otros. En este sentido, Bandura apela a los mecanismos de desconexión moral como elementos determinantes de la conducta violenta, cuestión que ya Milgram (1963) evidenció en sus conocidos experimentos relacionados con la obediencia a la autoridad.
La teoría de la desconexión moral explicaría en buena parte la aparición paradójica de conductas violentas en personas que son capaces de realizar actos prosociales. Bandura (1996) encontró evidencias de que determinados componentes, como la percepción de autoeficacia o la ausencia de sentimientos de culpa, mediaban entre los procesos de desconexión moral y la agresividad manifiesta en adolescentes. Otros autores (Caprara et al., 1996), indagaron sobre la existencia de indicadores cognitivos y emocionales de la conducta agresiva distinguiendo dos dimensiones: la socio-cognitiva, vinculada a la intencionalidad, y la afecto-impulsiva, vinculada a la naturaleza emotiva y a la pérdida de control.
Los mecanismos relacionados con la empatía pueden mediar en la inhibición de la conducta violenta y ésta sería facilitada por los diferentes procesos de socialización relacionados con las normas y los valores interiorizados. No obstante, la conducta violenta se manifestará o no dependiendo de la interacción de valores, contexto específico en el que se da la conducta, cualidades personales (personalidad, empatía, capacidad para resolver problemas, etc.) y variables emocionales presentes en cada situación.
Anyerson y Mariela (2019) indican que son pocos los trabajos implicados en la investigación de la interacción entre variables internas y contextuales. Resulta difícil llegar a una comprensión holística de esta fenomenología debido a la multidimensionalidad propia de las conductas objeto de debate. Por esta razón, el análisis molecular de conductas y su integración en diferentes niveles de explicación puede ser útil para comprender por qué las personas se comportan como lo hacen en diferentes situaciones.